INTERCAMBIOS SOBRE “PROSTITUCION Y TRABAJO”

Fecha: 2021-02-18

Un diálogo entre Cristiana Schettini (organizadora del debate e intercambio), Paulo Drinot (Perú-Gran Bretana), Ana Carolina Galvez (Chile) y Patricio Simonetto (Argentina) 

Cristiana Schettini:  Organizadora del Debate e Intercambio

“La prostitución [debe ser vista] en un continuum de  otras  actividades  que  desempeñaban  las mujeres vistas como prostitutas. En muchos contextos, el trabajo del sexo es parte de una miríada de trabajos domésticos, más o menos remunerados, en los cuales vínculos afectivos y económicos eran establecidos…”

Paulo Drinot: autor del libro The Sexual Question: A History  of  Prostitution  in  Peru,  1850s-1950s

“En particular, me interesaba entender qué nos dice el manejo de la prostitución, en el sentido más amplio, sobre la interacción entre la sexualidad, la sociedad y el Estado en el Perú en los siglos XIX y XX, y más específicamente lo que nos puede decir sobre lo que llamé ‘la cuestión sexual’. Al igual que la cuestión social, un término que abarcó los problemas sociales  que  supuestamente obstaculizaban el florecimiento de la sociedad industrial (en  particular,  los  problemas  que  surgieron  como  consecuencia  de  la  distribución  desigual  de las ganancias del capitalismo industrial) y las soluciones que se idearon para abordar  esos  problemas,  la  cuestión  sexual  se  refiere  a  los  problemas ‘sexuales’ que se interponían en el camino del florecimiento de la población y las soluciones que se idearon para abordarlos”.

“Los médicos, abogados,  científicos  sociales,  y  otros  expertos,  así  como  los actores del Estado, preocupados por la cuestión sexual y que operaban dentro de la lógica de la prostitución como ‘mal necesario’, insistían que debido a que a los hombres les resultaba difícil casarse, y tomando en cuenta el peligro que representaban  las  perversiones  sexuales  como  la  homosexualidad  y la masturbación, era imperativo  que  las  prostitutas  satisfagan  las  necesidades sexuales  masculinas.   Se   dedujo   que   las   prostitutas   necesitaban   ser reglamentadas, lo que implicaba su registro con la policía y su sometimiento a inspecciones médicas regulares, y, más adelante, el desarrollo de un aparato médico enfocado en el tratamiento de las enfermedades venéreas para evitar que contagiaran a los hombres”. 

“Más que una historia social de la prostitución, o una historia desde arriba o desde debajo de la

prostitución, lo que propone, metodológicamente, pero quizás también epistemológicamente, The Sexual Question es una manera de pensar la historia del ‘Estado sexual’, es decir el conjunto de intervenciones, desde arriba y desde abajo, que conformaron la respuesta a la cuestión sexual en el contexto peruano”.

Ana Carolina Gálvez Comandini: el caso de Chile

“En Chile, las estadísticas sanitarias indican que más del 97% de las mujeres que se dedicaron a la prostitución eran autóctonas”.

“…las   mujeres   involucradas   en   causas   judiciales   asociadas a prostitución, eran en su mayoría jóvenes entre los 15 y 18 años, edad en la que estaba prohibido prostituirse (pero estaba permitido casarse), figurando en sus relatos siempre acompañadas de otras mujeres, que eran quienes las habrían inducido a la prostitución.

La abrumadora mayoría de las prostitutas provenían de hogares tremendamente pobres, donde todas habían ejercido anteriormente, y a muy temprana  edad,  algún  oficio  altamente feminizado y mal pagado, como servicio doméstico, costura o lavado, y vieron en la prostitución una oportunidad para salir de la pobreza. Por eso, pensaban que estarían poco tiempo sirviendo de prostitutas porque aspiraban a abandonar el oficio, casarse y tener hijos. Lo cierto es que la mayoría ingresaba soltera y lo abandonaba cuando se casaba, pero al poco tiempo volvía a ejercer por apremios económicos familiares.

Patricio Simonetto: autor del libro El dinero no es todo. La compra y venta de sexo en la Argentina del siglo XX

“Mi libro El dinero no es todo. La compra y venta de sexo en la Argentina del siglo XX estudia las diversas formas de vender, comprar y mediar sexo, las prácticas cotidianas, las interpretaciones cambiantes  de las y los actores; y, las  políticas  estatales  que  lo  modularon. Atraviesa los quehaceres de los “tratantes de blancas” a las “ruteras” que atendieron camioneros, desde las mujeres que vendieron servicios sexuales  cuando  la  limpieza  de  casas  no alcanzaba hasta las obligadas a pagar coimas al comisario para evitar la cárcel, desde los adolescentes que pagaron para “debutar” hasta los Taxiboys”.

“Podría recorrer diversos cruces entre historia de la prostitución y del trabajo. Las causas judiciales me presentaron múltiples formas en que los mercados sexuales  y  laborales  se  conectaban:  estibadores  sostenidos  por  el  trabajo sexual y de lavado de sus esposas en temporadas de desempleo, padres que colocaron  a  sus  niñas  como  domésticas,  algunas  de  las  cuales  huirían  para ofrecer  servicios  sexuales  a  trabajadores  de  diversos  rubros,  viajeras  que seguirían  los  ciclos  de  cosechas,  obreros que  denunciaban  a  mujeres  por contagiarles enfermedades venéreas, entre otras. Redes que ponían a prueba universos separados por los registros morales con los que imaginamos a les trabajadores pero que en sus testimonios unían placer, productividad y reproducción social.  A través de sus camas se caía ante mí la frontera imaginaria del proletariado”.

“Las metáforas con las que los varones hablaron de sus genitales tendieron a presentarlos como instrumentos violentos y salvajes. La falta de precauciones preventivas se explicaba porque practicaban sus relaciones en un modo tradicional, es decir, bajo los principios de la naturaleza.  La idea de criollo estaba asociada con la cercanía a la que el ideal de nación se hacía del agro, de lo natural y por lo tanto de lo bestial-violento. La enunciación bélica del pene como aquel que no tenía protección para penetrar y la exaltación de aquella falta contenía que la inquietud por la salud era propia de la delicadeza femenina y no de una virilidad ingobernable. El placer del contacto piel con piel reforzaba el   imaginario de la naturaleza incuestionable de la masculinidad como centro del placer. Aquella enunciación era la apoteosis de un ser viril según la cual en la intimidad era el varón quien decidía sobre la necesidad o no de una práctica sanitaria. La reivindicación de ese acto como decisivo de su virulencia viril era motivada por una sexualidad imaginada en términos androcéntricos”.



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